Por fin, después de tanto correr, hemos descubierto a dónde íbamos.

A ninguna parte.

Olvidamos las cosas a la misma velocidad que las vivimos. Sucede que a veces no sabemos encontrar tiempo para no hacer absolutamente nada. Vivir no es correr de un lado para el otro intentando llenar todo el tiempo hasta desbordarnos. Ese ritmo sin freno que nos mantiene con las manos llenas y la cabeza vacía. Que nos mantiene ocupados y al mismo tiempo no nos deja pensar. Nos acostamos muchas noches pensando que los días no tienen suficientes horas para todo lo que tenemos que hacer. Vivimos una carrera frenética donde no damos lugar a que las cosas fluyan despacio.

Al ritmo que necesitan.

Acabamos por olvidarnos que a veces disfrutar es sentir que el tiempo no existe.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *