Cada día cuando salimos a la calle confiamos en que todo el mundo va a hacer caso a los colores de los semáforos. Confiamos en que el camarero del bar, cuando nos sirva un café, no lo haga con leche caducada. Confia- mos en nuestros padres cuando nos dicen “es mejor que no lo hagas” o “es mejor que lo hagas así”. Y en menor o mayor medida también en nuestros profesores que nos aseguran que acabaremos siendo lo que queremos ser.

Confiamos en que cuando vamos al supermercado, todos los productos de las estanterías estarán bien etiquetados.

Confiamos en que tarde o temprano, aquellos que gobiernan serán capa- ces de poner un poquito de orden en las cosas…

Confiamos en aquel conductor que cada mañana nos lleva al trabajo y que a veces va demasiado rápido. Porque no nos damos cuenta pero mu- chas veces acabamos poniendo nuestra vida en manos de personas que apenas conocemos…

Y después de todo esto… somos tan absurdos que no somos capaces de confiar en lo más importante.

En nosotros.


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